1929-1932: Capítulo 24. Las "jornadas de julio". Preparación y comienzo.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa (II)", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 5-23.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 16 de septiembre de 1997.
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En 1915 la guerra le costó a Rusia diez mil millones de rublos; de 1916 a 1919, mil millones: en la primera mitad de 1917, diez mil quinientos millones. A principios de 1918, la Deuda pública había de ascender a sesenta mil millones, representando casi tanto, por consiguiente, como toda la riqueza nacional, que se calculaba en unos setenta mil millones. El Comité ejecutivo central redactó un proyecto de proclama abogando por un empréstito de guerra con el pomposo nombre de "Empréstito de la Libertad"; el gobierno, por su parte, llegaba a la fácil conclusión de que sin un nuevo y grandioso empréstito exterior, no sólo no podría pagar los pedidos hechos al extranjero, sino que no podría siquiera cumplir las obligaciones interiores. El pasivo de la balanza comercial crecía constantemente. Era evidente que los aliados se disponían a abandonar el rublo a su propia suerte. El mismo día en que la proclama sobre el "Empréstito de la Libertad" llenaba la primera página de las Izvestia de los Soviets, el Mensajero del Gobierno dio cuenta de la catastrófica baja del rublo. La prensa de estampar billetes no daba ya abasto a la inflación. Estaban a punto de abandonarse los antiguos y sólidos signos monetarios, que aún guardaban el resplandor de su poder adquisitivo anterior, para poner en circulación aquellas descoloridas etiquetas de botellas a que el pueblo dio enseguida el nombre de "kerenskis". El burgués como el obrero daban a esta palabra, al pronunciarla, cada cual a su modo, una inflexión de menosprecio.
Verbalmente, el gobierno abrazaba un programa de reglamentación de la economía, y hasta llegó a crear con este objeto, a fines de junio, una complicada organización. Pero en el régimen de febrero, a las palabras y los hechos les pasaba algo así como al espíritu y a la carne del cristiano devoto: que no acababan de armonizarse. Los órganos reguladores de la economía, debidamente seleccionados, se preocupaban más de preservar a los patronos de los caprichos de un poder central inconsistente y vacilante que de poner coto a los intereses privados. El personal administrativo y técnico de la industria estaba dividido: los sectores más altos, asustados por las tendencias niveladoras de los obreros, se ponían decididamente al lado de los patronos. Los obreros sentían repugnancia por los pedidos de guerra, encargados a las fábricas con un año, o dos, de anticipación. Pero también los patronos iban perdiendo el cariño por la producción, que les valía más inquietudes que beneficios. El cierre deliberado de las fábricas por los patronos tomaba caracteres sistemáticos. La industria metalúrgica redujo su producción en un 40, la textil en un 20 por 100. Escaseaban todos los artículos necesarios para la vida. Los precios subían al unísono con la inflación y la crisis de la economía. Los obreros sentían un vivo deseo de poder controlar el mecanismo administrativo-comercial oculto a sus ojos y del que dependía su suerte. Skobelev, ministro de Trabajo, trataba de persuadir a los obreros, en manifiestos difusos, de la imposibilidad de su intervención en la dirección de las industrias. El 24 de junio, las Izvestia daban la noticia de que existía el propósito de cerrar toda otra serie de fábricas. De provincias, llegaban informes análogos. La situación de los transportes ferroviarios era aún más grave que la de la industria. La mitad de las locomotoras necesitaban una reparación radical; una gran parte del material móvil estaba en el frente y se notaba la falta de combustible. El Ministerio de Vías y Comunicaciones se hallaba empeñado en una pugna constante con los obreros y empleados ferroviarios. El abastecimiento de la población empeoraba de día en día. En Petrogrado, sólo había reservas de harina para diez o quince días: en los demás centros, la situación no era mucho mejor. La semiparalización del material móvil y la amenaza de huelga ferroviaria constituían un peligro constante de hambre. No se atalayaba ninguna salida. No; no era esto, ni mucho menos, lo que los obreros habían esperado de la revolución.
Pero la situación era aún peor, si cabía, en el terreno político. La indecisión es la actitud más grave que pueden adoptar tanto los gobiernos, las naciones y las clases como los individuos. La revolución es un modo implacable de resolver los problemas históricos. La política más funesta que puede seguir una revolución es la de las medias tintas: esa política guiada sólo por el afán de evitar los problemas. El revolucionario es como el cirujano que clava el bisturí en el cuerpo del enfermo: no puede vacilar. Pues bien, el régimen dualista, nacido de la revolución de Febrero, era la indecisión organizada. Todo se volvía contra el gobierno. Los amigos condicionales se convertían en adversario, los adversarios tibios en enemigos encarnizados, y los que eran enemigos inermes, se armaban. La contrarrevolución estaba movilizando de un modo completamente descarado, a la luz del día, inspirada por el Comité central del partido kadete, centro político de todos los que tenían algo que perder. El Comité de la Asociación de oficiales destacado en el cuartel general de Mohilev, que representaba a cerca de cien mil jefes y oficiales descontentos, y el Consejo de la Asociación de solados cosacos, de Petrogrado, eran las dos palancas militares de la contrarrevolución. La Duma, a pesar de la resolución votada en junio por el Congreso de los soviets, decidió continuar sus "sesiones privadas". Su Comité provisional servía de tapadera legal a la labor contrarrevolucionaria, generosamente alimentada con recursos financieros por los Bancos y las embajadas de la Entente. Los conciliadores se veían amenazados por la derecha y por la izquierda. El gobierno, inquieto, acordaba confidencialmente consignar un crédito para la organización de una policía política secreta.
Coincidiendo con todo esto, a mediados de junio, el gobierno señaló la fecha del 17 de septiembre para las elecciones a la Asamblea constituyente. La prensa liberal, a pesar de estar representados los kadetes en el Ministerio, sostenía una campaña tenaz contra la fecha señalada oficialmente, en la que, por lo demás, nadie creía y que nadie defendía seriamente. La imagen de la Asamblea constituyente, tan nítida en los primeros días de marzo, se enturbiaba y se iba desvaneciendo. Todo se volvía contra el gobierno, hasta sus pobres buenas intenciones. Hasta el 30 de junio no se decidió a abolir la tutela que seguía ejerciendo la nobleza sobre las aldeas, por medio de los "jefes rurales", cuyo solo nombre era execrado por el país desde que Alejandro III los creara. Pero, hasta esta reforma parcial, tardía y obligada, tenía el sello de una denigrante cobardía. Entre tanto, la nobleza se iba reponiendo de su pánico, los terratenientes se organizaban y apretaban sus filas. El Comité provisional de la Duma dirigióse a fines de junio al gobierno, exigiendo la adopción de medidas eficaces y resueltas para proteger a los propietarios contra los campesinos, soliviantados por "elementos criminales".
El 1 de julio se abrieron en Moscú las sesiones del Congreso de los propietarios de tierras; la aplastante mayoría de los congresistas eran elementos de la nobleza. El gobierno hacía los más variados equilibrios, intentando entretener y engañar con palabras tan pronto a los campesinos como a los terratenientes.
Pero donde las cosas estaban peor era en el frente. La ofensiva, que era ya la última carta de Kerenski hasta para afrontar los problemas interiores, se agitaba en las últimas convulsiones. El soldado no quería seguir guerreando. Los diplomáticos del príncipe Lvov no se atrevían a mirar a la cara a los de la Entente. El empréstito era de una absoluta necesidad. Para dar sensación de una firmeza que no tenía, el gobierno emprendió el ataque contra Finlandia, que, como todos los asuntos sucios, llevó a cabo por mediación de los socialistas. Al mismo tiempo, se agravaba el conflicto con Ucrania, en el que la ruptura declarada iba haciéndose cada vez más patente.
Al no encontrar salida, la energía de las masas se dispersaba en actos aislados y secundarios. Los obreros, soldados y campesinos intentaban solucionar por partes lo que el poder creado por ellos se negaba a resolver en conjunto. No hay nada que tanto fatigue a las masas como la indecisión de los directores. La espera infructuosa las incita a golpear con una fuerza creciente en la puerta que no se les quiere abrir, o provoca explosiones tumultuosas de indignación. Ya por los días del Congreso de los soviets, cuando los delegados de provincias pudieron a duras penas contener la mano de sus jefes levantada sobre Petrogrado, los obreros y soldados pudieron convencerse de cuáles eran los sentimientos y los propósitos que abrigaban los dirigentes soviéticos respecto a ellos. Para la mayoría de los obreros y soldados de la capital, Tsereteli se había convertido como Kerenski, en una figura execrable, con la cual no se sentían ligados por nada común.
En la periferia de la revolución crecía la influencia de los anarquistas, los cuales tenían gran predicamento en el Comité revolucionario que se había constituido en la casa de campo de Durnovo. Hasta los sectores obreros más disciplinados y la masa del partido empezaba a perder la paciencia o a prestar oídos a los que ya la habían perdido. La manifestación del 18 de junio patentizó a los ojos de todo el mundo que aquel gobierno no contaba con base alguna. "¿En qué piensa los de arriba?", se preguntaban los soldados y los obreros, refiriéndose, no sólo a los jefes conciliadores, sino también a los organismos directivos de los bolcheviques.
En las condiciones creadas por los precios de inflación, la lucha por los salarios enervaba y agotaba a los trabajadores. En el transcurso del mes de junio esta cuestión se planteó de un modo especialmente agudo en la fábrica de Putilov, en la que trabajaban 36.000 hombres. El 21 estalló la huelga en algunos talleres de esta fábrica. El partido veía claramente la esterilidad de estas explosiones esporádicas. Al día siguiente, una asamblea de delgados de las organizaciones obreras más importantes y de 70 fábricas, dirigida por los bolcheviques, declaraba que "la causa de los obreros de Putilov es la causa de todo el proletariado de la ciudad", y exhortaba a los obreros de la fábrica de Putilov a "contener su legítimo descontento". La huelga fue aplazada. Pero en los doce días siguientes no sobrevino cambio alguno. La masa obrera de las fábricas se agitaba, buscando una salida. Cada fábrica tenía planteado su conflicto, y todos estos conflictos juntos llegaban a las alturas, al gobierno. El sindicato de brigadas de locomotoras decía en una nota enviada al ministro de Vías y Comunicaciones: "Lo declaramos por última vez: la paciencia tiene sus límites. No nos sentimos con fuerzas para seguir viviendo en esta situación..." Era una queja que nacía no sólo de la necesidad y el hambre, sino también de la duplicidad, la indecisión, la falsedad del gobierno. La nota protestaba con especial acritud contra "los llamamientos constantes que se nos dirigen, apelando al deber cívico y a la abstinencia."
En marzo, el Comité ejecutivo había traspasado los poderes al gobierno provisional, a condición de que no se sacaran de Petrogrado las tropas revolucionarias. Pero ya nadie se acordaba de eso. La guarnición había evolucionado hacia la izquierda, los dirigentes de los soviets, hacia la derecha. La pugna contra la guarnición estaba constantemente a la orden del día. Y si el gobierno no se atrevía a sacar todos los regimientos de la capital, so pretexto de necesidades estratégicas, los más revolucionarios veíanse sistemáticamente diezmados por la sangría de las compañías enviadas de maniobras. Constantemente estaban llegando a la capital noticias relativas a la disolución en el frente de regimientos insubordinados y a la negativa a cumplir las órdenes de ataque que se les daban. Dos divisiones siberianas -no hacía mucho, los tiradores siberianos eran considerados los mejores elementos- habían sido disueltas por la fuerza. Ante la negativa a cumplir las órdenes que se les habían dado, fueron encausados solamente en el 5º Ejército, situado cerca de la capital, 87 oficiales y 12.725 soldados. La guarnición de Petrogrado, en la cual se acumulaba el descontento del frente, de la aldea, de los barrios obreros y de los cuarteles, se hallaba en un estado de permanente agitación. Los soldados barbudos de cuarenta años exigían con histérica insistencia que se les licenciara, que se les mandara a casa para atender a los trabajos del campo. Los regimientos situados en el barrio de Vibor -el 1.º de Ametralladoras, el 1.º de Granaderos, el de Moscú, el 180.º de Infantería y otros- estaban constantemente bajo la ardiente influencia de los suburbios proletarios. Millares de obreros desfilaban diariamente por delante de los cuarteles; entre ellos, había no pocos incansables agitadores bolcheviques. Bajo aquellos sucios muros se celebraban mítines y más mítines, casi sin interrupción. El 22 de junio, cuando todavía no se había extinguido el eco de las manifestaciones patrióticas provocadas por la ofensiva, se atrevió a aventurarse en la perspectiva Sampsonievskaya, imprudentemente, un automóvil del Comité ejecutivo con unos cartelones que decían: "¡Adelante por Kerenski!" El regimiento de Moscú detuvo a los agitadores, rompió los carteles y mandó el automóvil patriótico al regimiento de ametralladoras.
En general, los soldados eran más impacientes que los obreros, porque vivían directamente bajo la amenaza de ser enviados al frente y porque les costaba mucho más trabajo asimilarse las razones de estrategia política. Además, tenían un fusil en la mano, y desde febrero, el soldado propendía a exagerar su fuerza. Lihdin, un viejo obrero bolchevique, contaba más tarde que los soldados del 180.º Regimiento le decían: "¿Qué hacen los nuestros en el palacio de Kchsinskaya: están durmiendo? ¿Por qué no echamos nosotros mismos a Kerenski?" En las asambleas de los regimientos se votaban resoluciones sobre la necesidad de decidirse, por fin, a emprender el ataque contra el gobierno. En los regimientos, se presentaban constantemente delegados de las fábricas y preguntaban si los soldados se echaban a la calle. Los soldados del regimiento de ametralladoras envían a los cuarteles delegados incitando a los soldados a levantarse en armas contra la continuación de la guerra. Los delegados más impacientes añaden: "Los regimientos de Pavl y de Moscú y 40.000 obreros de Putilov se lanzarán mañana a la calle." Las exhortaciones oficiales del Comité ejecutivo no surten ningún efecto. Cada vez se hace más agudo el peligro de que Petrogrado, no apoyado por el frente y la provincia, sea vencido. El 21 de junio, Lenin, desde la Pravda, exhorta a los obreros y soldados de Petrogrado a esperar hasta que los acontecimientos impulsen a las reservas pesadas a ponerse al lado de la capital. "Nos hacemos cargo de la amargura, de la excitación de los obreros de Petrogrado. Pero les decimos: compañeros, en estos momentos la acción sería nociva." Al día siguiente, una reunión privada de directivos bolcheviques, que, al parecer, eran más "izquierdistas" que Lenin, llegaba a la conclusión de que, a pesar del estado de espíritu de los soldados y de las masas obreras, no era aún posible aceptar la batalla: "Es mejor esperar a que, con la ofensiva iniciada, los partidos dirigentes se cubran definitivamente de oprobio. Entonces, tendremos la partida ganada."
Así lo cuenta Latsis, organizador de barriada y uno de los elementos más importantes por aquellos días. El Comité se ve obligado, cada vez con más frecuencia, a enviar a los regimientos y a las fábricas agitadores con el fin de evitar que se lancen a una acción prematura. Los bolcheviques de Viborg, meneando la cabeza, se lamentan entre sí: "Tenemos que hacer de manguera para apagar el fuego."
Sin embargo, las incitaciones a lanzarse a la calle no cesaban. Entre ellas, había no pocas que tenían un carácter evidente de provocación. La Organización militar de los bolcheviques se vio obligada a dirigirse a los soldados y a los obreros con un manifiesto en el que se decía: "No deis crédito a ningún llamamiento que se os haga en nombre de la Organización militar para que os echéis a la calle. La Organización militar no ha hecho ningún llamamiento en este sentido." Y más adelante, todavía con mayor insistencia: "Exigid de todo orador que os incite a la acción en nombre de la Organización militar que os presente la credencial con la firma del presidente y del secretario."
En la famosa plaza del Ancora, de Cronstadt, donde los anarquistas levantan la voz cada día con más firmeza, se prepara un ultimátum tras otro. El 23 de junio, los delegados de la citada plaza, prescindiendo del Soviet de Cronstadt, exigen del Ministerio de Justicia que ponga en libertad al grupo de anarquistas de Petrogrado, amenazando, en caso contrario, con el asalto de la cárcel por los marinos. Al día siguiente, los representantes de Orienbaum declaran al ministro de Justicia que su guarnición está tan agitada como la Cronstadt, con motivo de las detenciones efectuadas en la casa de campo de Durnovo, y que "se están limpiando ya las ametralladoras". La prensa burguesa cogía al vuelo estas amenazas y se las metía por las narices a sus aliados conciliadores. El 26 de junio llegaban del frente a su batallón de reserva los delegados del regimiento de Granaderos de la guardia y declaraban: el regimiento está contra el gobierno provisional y exige que todo el poder pase a los soviets; se niega a tomar parte en la ofensiva ordenada por Kerenski y expresa el temor de que el Comité ejecutivo se haya pasado a los burgueses con los ministros socialistas. El órgano del Comité ejecutivo dio cuenta de esta visita en un tono de reproche.
Hervía como una caldera no sólo Cronstadt, sino toda la escuadra del Báltico, que tenía su base principal en Helsingfors. El mejor elemento con que contaban los bolcheviques en la escuadra era indiscutiblemente Antónov-Ovseenko, que había participado ya, siendo un oficial joven, en la sublevación de Sebastopol de 1905. Menchevique durante los años de la reacción, emigrante internacionalista durante la guerra, colaborador de Trotski en París, en el diario Nasche Slovo (Nuestra Palabra), bolchevique a su regreso de la emigración, hombre políticamente vacilante, pero dotado de valor personal, y, aunque impulsivo y desordenado, capaz de iniciativa e improvisación, Antónov-Ovseenko, poco conocido todavía en aquellos años, ocupó en los acontecimientos ulteriores de la revolución un puesto bastante considerable. "En el Comité del partido de Helsignfors -cuenta en sus Memorias- comprendíamos la necesidad de esperar y de organizar una preparación seria. Teníamos, además, indicaciones del C.C. en este sentido. Pero nos dábamos cuenta de que el estallido era inevitable y volvíamos inquietos la mirada a Petrogrado." Los elementos explosivos se iban acumulando asimismo aquí de día en día. El segundo regimiento de ametralladoras, más rezagado que el primero, adoptó una resolución en favor de la transmisión del poder a los soviets. El tercer regimiento de Infantería se negó a dejar salir a 14 compañías para las maniobras. Las asambleas de los cuarteles tomaban un carácter cada vez más turbulento. En el mitin celebrado el 1 de julio por el regimiento de Granaderos, fue detenido el presidente del Comité y se impidió hablar a los oradores mencheviques. ¡Abajo la ofensiva! ¡Abajo Kerenski! El punto central de la guarnición eran los soldados del regimiento de ametralladoras, que fueron los que abrieron los diques a la avalancha de julio.
Ya en los acontecimientos de los primeros meses de la revolución nos encontramos con el nombre del primer regimiento de ametralladoras. Este regimiento, que se hallaba de guarnición en Orienbaum y se había trasladado por iniciativa propia a Petrogrado después de la caída del régimen zarista "para la defensa de la revolución", tropezó inmediatamente con la resistencia del Comité ejecutivo, quien acordó expresar su gratitud al regimiento y reintegrarle a Orienbaum. Los soldados se negaron rotundamente a abandonar la capital: "Los contrarrevolucionarios pueden atacar al Soviet y restaurar el antiguo régimen." El Comité ejecutivo cedió, y unos cuantos miles de soldados se quedaron en Petrogrado con sus ametralladoras. Instalados en la Casa del Pueblo, no sabían lo que sería de ellos en lo sucesivo. En el regimiento había no pocos obreros petrogradeses, y por esto no es casual que fuera el Comité de los bolcheviques el que se preocupara de los soldados de la sección de ametralladoras. Gracias a su intervención éstos eran pertrechados regularmente con víveres por la fortaleza de Pedro y Pablo. Así quedaba sellada una amistad que no tardó en convertirse en indestructible. El 21 de julio, el regimiento, reunido en asamblea general, adoptó la resolución siguiente: "En lo sucesivo no se mandarán fuerzas al frente más que en el caso de que la guerra tome un carácter revolucionario." El 2 de julio, el regimiento organizó en la Casa del Pueblo un mitin de despedida de los "últimos" soldados que salían para el frente. Hicieron uso de la palabra Lunacharski y Trotski, posteriormente, los gobernantes intentaron dar a este hecho accidental una importancia extraordinaria. En nombre del regimiento hablaron el soldado Gilin y el suboficial Laschevich, que era un viejo bolchevique. Los ánimos estaban muy excitados. Se anatemizó a Kerenski, se juró fidelidad a la revolución, pero nadie hizo proposiciones concretas para el próximo futuro. Sin embargo, durante aquellos días se habían esperado acontecimientos en la ciudad. Las "jornadas de julio" proyectaban ya su sombra. "Por todas partes, en todos los rincones -recuerda Sujánov-, en el Soviet, en el palacio Marinski, en las casas particulares, en las plazas y en los bulevares, en los cuarteles y en las fábricas, se hablaba insistentemente de acciones que tendrían lugar de un momento a otro... Nadie sabía concretamente quién se echaría a la calle, ni cómo ni cuándo. Pero la ciudad tenía la sensación de hallarse en vísperas de una explosión." Y la acción, en efecto, se desencadenó, impulsada desde arriba, desde las esferas dirigentes.
El mismo día en que Trotski y Lunacharski hablaban a los soldados del regimiento de ametralladoras de la inconsistencia de la coalición, los cuatro ministros kadetes salían del gobierno. A modo de razón, señalaron el compromiso, inaceptable para sus pretensiones unitaristas, a que habían llegado sus colegas conciliadores con Ucrania. La causa real de aquella ruptura demostrativa consistía en que los conciliadores no procedían con la rapidez suficiente para frenar a las masas.
La elección del momento la indicó el fracaso de la ofensiva, no reconocido aún oficialmente, pero que no ofrecía la menor duda para los enterados. Los liberales consideraron que había llegado el momento oportuno de dejar a sus aliados de izquierda enfrentarse con la derrota y con los bolcheviques.
El rumor de la dimisión de los ministros kadetes se propagó rápidamente por la capital y redujo políticamente todos los conflictos políticos a una sola consigna, o, más propiamente, a un alarido: "¡Hay que acabar con el tira y afloja de la coalición!" Los obreros y los soldados entendían que los problemas de salarios, del precio del pan, de si había que morir en el frente sin saber por qué, estaban subordinados al problema de saber quién dirigiría el país en lo sucesivo: si la burguesía o los soviets. En esta actitud de espera había una parte de ilusión, ya que las masas confiaban en obtener, con el cambio de gobierno, la solución inmediata de los problemas más agudos. Pero, en fin de cuentas, tenían razón: la cuestión del poder decidía sobre el giro de la revolución y, por tanto, trazaba el destino de todos los problemas concretos. Suponer que los kadetes podían no prever las consecuencias que tendría el acto de sabotaje que realizaban contra los Soviets, significaría no apreciar en su justo valor a Miliukov. El jefe del liberalismo aspiraba evidentemente a empujar a los conciliadores a una situación difícil, de la cual únicamente se podría salir con ayuda de las bayonetas: por aquellos días, estaba firmemente convencido de que era posible salvar la situación mediante un golpe audaz de fuerza.
El 3 de julio por la mañana, unos cuantos millares de ametralladores irrumpieron en la reunión de los Comités de compañía y de regimiento, eligieron a un presidente propio y exigieron que se discutiera inmediatamente la cuestión del levantamiento armado. El mitin tomó un carácter turbulento. La cuestión del frente se confundió con la del poder. El bolchevique Golovin, que presidía, intentó contener a la gente proponiendo entrevistarse antes de nada con los demás regimientos y con la Organización militar. Pero toda alusión a un aplazamiento exasperaba a los soldados. Apareció en la asamblea el anarquista Bleichman, figura de no gran magnitud, pero bastante pintoresca del escenario de 1917. Bleinchman, que disponía de un bagaje ideológico muy modesto, pero que tenía cierta sensibilidad para pulsar el estado de ánimo de las masas y era hombre sincero dentro de su inflamada limitación, hallaba en los mítines, en los que se presentaba con la camisa desabrochada y el pelo alborotado, no pocas simpatías semiirónicas. Los obreros, es verdad, le acogían con reserva, con un poco de impaciencia, sobre todo, los metalúrgicos. Pero sus discursos provocaban una alegre sonrisa en los soldados, los cuales se codeaban y se sentían atraídos por el aspecto excéntrico del orador, su decisión irrazonable y su acento judío-americano, cáustico como el vinagre. A fines de junio, Bleichman se hallaba como pez en el agua en todos los mítines improvisados. Siempre tenía a mano la solución: hay que echarse a la calle con las armas en la mano. ¿Organización? La calle nos organizará. ¿Objetivos? "Derribar el gobierno provisional como se ha hecho con el zar, aunque ningún partido incitara a hacerlo." En aquellos momentos, discursos de ese tono armonizaban magníficamente con el estado de espíritu de los ametralladores, y no sólo con el de ellos. Había no pocos bolcheviques que no ocultaban su satisfacción cuando las masas saltaban por encima de sus exhortaciones oficiales. Los obreros avanzados se acordaban de que en febrero los dirigentes se disponían a batirse en retirada precisamente en vísperas de la victoria; de que en marzo, la jornada de ocho horas había sido conquistada por la iniciativa de los de abajo; de que en abril, Miliukov había sido arrojado del gobierno por los regimientos que salieron espontáneamente a la calle. El recuerdo de estos hechos estimulaba la tensión de espíritu y la impaciencia de las masas.
La Organización militar de los bolcheviques, a la cual se dio cuenta inmediatamente de que en el mitin de los ametralladores reinaba una temperatura de ebullición, fue mandando allí uno tras otro, a sus agitadores. Presto se presentó el propio Nevski, director de la Organización militar, por el cual sentían los soldados un cierto respeto. Al parecer, se le prestó alguna atención. Pero el estado de espíritu de aquel mitin interminable variaba constantemente, lo mismo que su estructura. "Fue para nosotros una sorpresa extraordinaria -cuenta Podvoiski, otro de los dirigentes de la Organización militar- cuando a las siete de la tarde se presentó un nuevo mensajero enviado para informarnos de que... los ametralladores habían tomado nuevamente la decisión de echarse a la calle." En vez del antiguo Comité del regimiento, eligieron a un Comité provisional revolucionario, compuesto de dos representantes por compañía y presidido por el teniente Semaschko.
Delegados elegidos especialmente recorrían ya fábricas y cuarteles en demanda de apoyo. Naturalmente, los ametralladores no se olvidaron de mandar delegados a Cronstadt. Así, por debajo de las organizaciones oficiales, se iba extendiendo temporalmente una nueva red de relaciones entre los regimientos y las fábricas más excitadas. Las masas no se proponían romper con el Soviet; al contrario, querían que éste tomase el poder. Y mucho menos se proponían romper con el partido bolchevique. Pero les parecía que pecaba de indeciso. Querían ejercer sobre él presión, amenazar al Comité ejecutivo, empujar a los bolcheviques.
Se crean representaciones improvisadas, nuevas formas de enlace y nuevos centros de acción, no permanentes, sino para las circunstancias del momento. Las variaciones de la situación y del estado de espíritu de las masas se efectúan de un modo tan rápido y pronunciado, que aún una organización tan ágil como el Soviet se retrasa inevitablemente y las masas se ven obligadas cada vez más a crear órganos auxiliares para las necesidades del instante. Merced a estas improvisaciones, se filtran no pocas veces elementos accidentales y no siempre dignos de confianza. Los que echan leña al fuego son los anarquistas, pero asimismo algunos de los bolcheviques jóvenes e impacientes. Indudablemente, fíltranse también provocadores, posiblemente agentes alemanes, pero más probablemente que nada, agentes de la policía rusa. ¿Cómo deshacer en hilos separados el complejo tejido de los movimientos de masa? Sin embargo, el carácter general de los acontecimientos aparece dibujado con una claridad completa. Petrogrado tenía la sensación de su fuerza, se sentía impulsado hacia delante, sin fijarse en la provincia ni en el frente, y ni el partido bolchevique era capaz de contenerle. Sólo la experiencia podía poner a esto un remedio.
Los delegados de los ametralladores, al incitar a los regimientos y a las fábricas a lanzarse a la calle, no se olvidaban de añadir que la acción había de ser armada. ¿Acaso podía ser de otro modo? ¿Acaso habían de exponerse las masas desarmadas a los golpes del enemigo? Además, y esto es quizá lo más importante, había que demostrar la propia fuerza, pues un soldado sin fusil no es nada. Sobre este particular, la opinión de los regimientos y de las fábricas era unánime: si había que echarse a la calle, había de ser contando con una reserva de plomo. Los ametralladores no perdían el tiempo: la suerte estaba echada y había que ganar la partida con la mayor rapidez posible.